sábado, 7 de abril de 2012

En este Sábado con tinte amargo a Domingo tengo ganas de escribir. No sé bien todavía de qué voy a hablar, supongo que las propias palabras van a dibujar un camino imaginario poblado de posibilidades y de mundos de diferentes temas. Está la posibilidad de que aborde un tema de infalible importancia para la futura historia como está la posibilidad (tal vez más cercana) de que termine escribiendo palabras en un orden caótico que a su vez contengan en sí mismas un orden especial que no me animo a develar (o que desconozco quizá). Sin ánimos de aburrir, voy a elegir un objetivo de discusión y después pretendo dejar mi mente a la 'buena de Dios'.

Últimamente estoy un tanto rebelde, incluso más de lo que me creo ser. Últimamente, en realidad, estoy contrariada con los mismos estereotipos que suelo defender como individuo dentro de la sociedad. Sigo preguntándome si de verdad me gusta el tipo ideal que marca la sociedad y qué tan grande es mi capacidad de evadirlo, evitarlo, detestarlo. No tengo ganas de dejar la pregunta en modo retórico, así que me voy a dedicar a contestarla como tema central de este texto que tiene, ni mas ni menos, el simple objetivo de alejarme del conjunto de párrafos meramente académicos.

Me pregunto si los estereotipos son imágenes comunes colectivas o la idea de un pobre infeliz que tiró una piedra al montón, la pintó de rojo y al resto pareció gustarle. Ahora que releo la oración anterior pienso que soy malísima para los ejemplos pero me gusta pensar que alguien entendió. Vivir encarcelados y motivados por fotos que creen indicarnos lo que es correcto para después terminar frustrados un mortal Sábado a la noche con la idea de que jamás vamos a ser eso que nuestra mente imagina. Y luego reprocharnos no cumplir con las pretensiones del estereotipo al que deseamos (escribí por error deseo) pertenecer creemos que odiarnos es parte de nuestra naturaleza. Y qué tal si no lo es. Sin embargo, se cree inevitable. El odio incondicional a los estereotipos es inevitable. Tal como lo es seguir esa línea que parece arrastrarte incondicionalmente a intentar ser el tipo ideal de persona. Una fuerza superior te arrastra en busca de la idea común y a continuación de sentirse realizado emerge de uno una efervescente repulsión. La náusea instantánea de ser uno más del montón. Como dije antes: inevitable, insuperable.
Puede que la autosuperación del instante enfermo exista sí; aunque yo no la conozca por completo. Me gusta imaginar que la madurez se lleva consigo el propio odio. Por otro lado, estoy segura, estoy segura de que seré siempre una mente ignorante; la única sustancia que jamás se desprende de mi es mi inmadurez.

sábado, 10 de marzo de 2012

Fragmento Especial IV

Ya habían pasado treinta minutos de profundo e insoportable silencio. Mi hipócrita mano se mantenía junto a la suya. El espacio seguía avanzando junto con el tiempo y la falta de sonido se hacía cada vez más presente, más oscura, más hiriente. No estoy segura de por qué tengo esa necesidad de desechar todo aquello que se acerca a mí. Tal vez me gusta que no me guste. Quizás soy como todos, me gusta el fariseísmo y el dolor de no tener nunca lo que quiero. Quizás es ese el motor de mi vida: el inconformismo absoluto. No sé bien, pero si no hablo en este instante esto va a dejar de tener sentido. No, cero. Tampoco es justo que hable él, es decir, ¿cómo puedo exigirle palabras a alguien si ni yo misma puedo emitirlas? Y por otro lado, ¿cómo voy a poder vivir alrededor de él sin palabras? Las palabras son todo para mí y me estoy privando de ellas. El diálogo conecta el mundo interior con el exterior. Lo finito con lo infinito. ¿Cómo hablar con quien no quiere hablarte? Es esperar el miedo mayor. Me faltan verbos, sustantivos, adverbios, adjetivos. ¿Cómo mierda puede ser que no me puedas decir nada? Peor todavía es que yo tampoco tenga ganas de decirte nada.

lunes, 5 de marzo de 2012

El lenguaje del cielo

Esta mañana me levanté y no estoy segura de si fue Dios o mi voz interior la que me pidió con fuerza que no me levantara. Sin embargo, nunca creí ni en Dios, ni en mi voz interior y me levanté igual. Hoy era el día, ya no podía retrasarlo más. Yo sabía que el camino hasta el castillo de Puán está lleno de obstáculos, pero cuando me levanté me sentía fuerte. Lo que no sabía es que no, no soy tan fuerte.
La primera prueba fue Congreso. Llegar hasta ahí fue simplemente insoportable. Y ni hablar de la foto 4x4 en donde nadie, absolutamente nadie sale bien. No sé por qué, pero no solo salgo mal sino que tengo una cara de susto increíble. Después de que un tipo me sacara una foto horrible, con una cámara que seguro no es mejor que la mía, me resigné y acepté la foto con el compromiso de reírme de mi misma en mis futuros años académicos. La segunda prueba fue el subte; que en realidad no fue una prueba, me gusta viajar en subte. Me trae un conjunto de sensaciones extrañas, ya que es inusual que lo tome.
Así que ahí estaba, solo cuatro cuadras. Caminé despacio como si me pesaran las piernas. No estaba nerviosa, solo tenía en los pies ese no se qué. El Castillo de Puán estaba frente a mí. Solo faltaba que el edificio flotara en lava ardiente y fuese custodiado por un dragón. Dudo todavía que en Caballito haya lava, aunque pongo en duda la existencia del dragón. Entré, sabía a donde tenía que ir. Subí la escalera con cara de desconocida en búsqueda de la ventanilla mágica del departamento de alumnos. Un sentimiento de estupidez me recorrió el cuerpo cuando empecé a dar vueltas en redondo sin resultados positivos. Mientras caminaba observaba el decorado del lugar con la leve sensación de que el Che Guevara me perseguía. Me topé con un caballero de sandalias y pantalón corto más perdido que yo (y más valiente también), el que me orientó a la pequeñísima ventanilla al fondo del pasillo. Con cara de quién no quiere la cosa, me dispuse a hacer el trámite y salir. No, te falta una materia, aula informática. Genial. Luego de tenerme esperando una hermosa media hora (mentira, fueron 15 minutos), por fin tenía mis papeles en orden y estaba lista para entregarle mi alma al diablo. Lo irónico de estas cosas, es que la gente siempre aparece en el momento menos esperado. Al llegar el castillo parecía desolado; ahora multitud. Entrego todo, si si si, todo en orden. Me entregan mi libreta 'provisoria', me sentía realizada y sin previo aviso un trueno rompe el cielo en dos. Ese fue el preciso momento en donde sabía que me tendría que haber quedado en casa. Bajé sin apuro las escaleras, mientras veía como la lluvia se apoderaba del espacio. Mientras miraba las gotas de agua, miré hacia abajo y me di cuenta de la razón por la que no tenía que salir de mi casa. Qué mejor idea para un suicidio que salir en alpargatas un día de lluvia torrencial. Es por eso que quedé varada en aquel edificio, sola, a la espera de que el agua bajara la velocidad y no me matara en un posible accidente. Traté de quedarme mirando fijo a algún lugar sin sentido pero me fue difícil; sobretodo porque un tumulto de personas mojadas, olorosas y recibidas ocupaban la puerta del lugar. Lo único que faltaba en ese momento era una cámara lenta y alguna canción melosa. Yo ingresando, ellos recibiéndose. El circulo de la vida. Me reí de la estupidez que se me acababa de ocurrir en voz alta, tomé valor y me fui. Esta si que fue la tercera prueba, las cuatro cuadras de la muerte. Nunca desee tanto el calor del subte. Mis puteadas crecían entre mis resbaladizas alpargatas y el choque con las personas privilegiadas con paraguas.
Finalmente llegué a casa cansada cual guerrera. Y esta es sólo la primera de las desventuras de Puán. Que garrón.

jueves, 22 de diciembre de 2011

odio la navidad, odio el fin de año, odio las ultimas dos semanas del año, odio a mi familia (no toda vale aclarar, sólo la que está fuera de mi casa), odio que sean tan hipócritas, estoy de mal humor.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Fragmento Especial III

La mano de la mujer temblaba sólo con el pensamiento ansioso del perdón. La pluma comenzó a moverse con fuerza, dejando como huella un trazo frío fingiendo desinterés. Los latidos le ocupaban el poco espacio en sus pulmones y las piernas le temblaban cargadas de adrenalina. Cada lágrima que trataba de esconder acentuaba el paso del tiempo, marcándose en los canales de su piel experimentada.
El amor joven la perseguía en sus sueños despiertos; estaba en la búsqueda de clemencia. Ni la divinidad máxima, ni el juez terrenal podían absolverla de la culpa. Las oraciones sollozaban a causa del orgullo apartado manteniéndose enfocadas en el premio. La recompensa de el esfuerzo, la recompensa del perdón. El silencio aliviador acompañado por el suspiro final. Necesito la desaparición de la conciencia sucia, repetía cual rezo. Rogaba piedad, la absolución de su alma.
El punto final dio paso a la calma en su cuerpo. Buscó un sobre con torpeza y convencida de la fidelidad de su corazón selló la carta sin revisión. Se levantó de la silla y sigilosamente recorrió el terrorífico camino hacia el buzón. Se enfrentó al monstruo devorador de mensajes y con la mente en blanco arrojó el sobre. Sin parpadear quedó paralizada frente a la espera de la respuesta inexistente. Una cápsula de aire se escapó por su boca y un golpe eléctrico invadió su cuerpo; lentamente fue desvaneciéndose. La pesadez viviente de su cuerpo se evaporó junto con su último deseo de ser descifrada.

miércoles, 7 de diciembre de 2011


Hoy, entre uno de esos miles de pensamientos que no te llevan a nada, llegué al punto de pensar que me encantaría ser un personaje de una novela. No te digo el personaje principal, porque su destino se resuelve en dos opciones; felicidad 'eterna' (entendamos por eterno la última página) o muerte.Pensándolo mejor, una muerte dramática es un lindo final. En fin, un personaje secundario, pero uno de esos personajes que tienen algo especial, especialidad que da envidia. Que enamoran a los personajes principales, que cuando uno se los imagina irradian luz aunque no la tengan, que son perfectos hasta su imperfección. Que usen metáforas que suenen bonito para describir mi personalidad, esas cosas que son irreales, pero que hacen de los personajes una especie de imagen soñada que guardamos en nuestras cabezas, imposible de proyectar.

Bueno, como no llegue a ninguna conclusión en realidad, y se que nadie lee esto, voy a copiar a lupe y voy a poner una foto.






me gustan los girasoles, pero solo los puedo ver de lejos porque me dan miedo las abejas, disfruten (?)

Quería hacerme la interesante al principio del post, pero no me salió, perdonen



lunes, 14 de noviembre de 2011

Fragmento Especial II

La verdad es que hacía calor. No soporto demasiado el calor, me agobia un poco. Digamos que tengo una relación amor – odio con él. Algún día nos deseamos, bueno, yo lo deseo. Otros días lo aborrezco y nace de mí un profundo desprecio hacia él. Fingiendo despreocupación levanté el brazo y el monstruo paró. Caminé por el pasillo que parecía arder y me senté incómodamente en los últimos asientos. Sentía la combustión del motor debajo de mi, y la falta de protección del asiento me llenaba de vértigo. Una melodía veraniega invadía mis oídos y, aunque yo sola podía oírla, parecía que llegaba a todos los integrantes del 102.

El aire caliente hizo que de un segundo a otro, sin intermedio, cerrara los ojos en cuasi cámara lenta. La oscuridad de mis párpados hizo más intenso el fuego de la estación. Un freno repentino me hizo despertar con violencia. No sentí que tuviese importancia mantener la visión, así que decidí sumirme en la ceguera por unos minutos más. Mas la luz me tocó unos segundos, no fue significativo. Dicen que en la oscuridad, perdemos algunos sentidos y hacen presencia aquellos configurados por la razón pura.

Es por eso que el germen de la incomodidad contaminó mi cuerpo; y por reflejo curé la ceguera.

Los lentes de un sueño se habían transfigurado en mí. Giré la cabeza hacia un lado, hacia el otro. La imagen onírica que proyectaban mis ojos aparentaban un mundo paralelo. El espacio y tiempo permanecían como si mi mente estuviese consciente de que yo los controlo. De todas formas, algo perturbaba mi vista, algo irreal, la confusión; los hombres habían dejado de ser hombres. Nunca creí en la creatividad de mi mente, por algo nunca la defendí. Las personas se habían convertido en monigotes. Sí, monigotes blancos; sin boca, sin ojos, sin dientes, sin uñas, sin pelo. Monigotes cuadrados de color blanco, como los que quieren cruzar la calle por vos.

Los muñecos sin facciones tenían movimientos estáticos, sólo denotaban algún que otro rastro de vida. No tenía miedo en realidad, sabía que sólo era un observador, aunque nadie pudiese notarlo; las curvas perfectas prescindían de mi presencia. Irreconocibles uno del otro, parecían ser todos uno y uno todos. Era como si todos estuviesen compuestos de eso, que sabemos que existe pero no qué es. Como si esa fuerza estuviese dentro de ellos, esperando pacíficamente, siendo contenida por débiles líneas hasta el momento de explosión. El fundamento mismo, lo que somos sin trabas, lo que somos sin ser quienes pensamos que somos.

Cuando la tensión asediaba mis pensamientos, a mitad de camino hacia el luminoso desenlace, el punto final de la melodía. Dejé de ver. ¿Dónde estaban los títeres sin personalidad? ¿A dónde se había ido ese sentimiento de unidad?